jueves, 2 de septiembre de 2010

Comunicado firmado por los participantes de la Mariápolis.

COMUNICADO PÚBLICO
DIÁLOGOS PARA LA FRATERNIDAD

Somos más de 900 personas de 16 comunidades autónomas de España; niños, chicos, jóvenes, adultos; cristianos y de otras convicciones.
Vivimos en una época donde los medios de comunicación social nos ayudan a relacionarnos pero, a su vez, pueden dificultar el liberarse de tópicos y prejuicios con respecto a otras culturas. Por otra parte, nos preocupa el deterioro de las relaciones interpersonales y el aumento de la fragmentación social.

Creemos que las personas e instituciones se pueden renovar a través del diálogo que facilita el encuentro y la fraternidad. Nuestra diversidad representa una riqueza y no un motivo de temor o enfrentamiento.

Nuestra propuesta consiste en vivir una nueva comunicación mediante la llamada “Regla de oro”: «No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti» (cf Tb 4,15) o en su versión positiva, «Haz a los demás lo que querrías que te hiciesen a ti» (cf Lc 6,31); expresada en el evangelio y en casi 40 libros de grandes religiones. Se trata de un cambio radical ya que si hiero al otro me hiero a mí mismo porque el que pasa a mi lado es mi hermano. No es un planteamiento para ilusos. Hemos experimentado, en estos días, que se trata de una vía práctica y eficaz para que la sociedad no se destruya y se pueda construir un mundo más humano y unido.

¿Cómo? Siendo, cada uno, el motor del cambio que queremos para el mundo, empezando en nuestro entorno más cercano, mediante acciones y actitudes concretas:
- Aprendiendo a escuchar desde el respeto y la comprensión
- Eliminando y superando los prejuicios
- Descubriendo y subrayando lo positivo
- Promoviendo espacios de diálogo sinceros y abiertos
- Fomentando, ya en la familia, el respeto a la diversidad
- Siendo constructores de unidad
- Amando, poniéndose en el lugar del otro

Invitamos a todas las personas que reciban este comunicado a que adhieran a él y nos comprometemos a seguir viviendo así en nuestras ciudades y pueblos.

Los participantes de la Mariápolis Huesca 2010
Palabra de Vida – Septiembre 2010



«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18, 22)1.

Jesús le responde a Pedro con estas palabras después de que éste, tras haber oído cosas maravillosas de la boca de Jesús, le preguntara: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano si peca contra mí? ¿Hasta siete veces?». Y Jesús: «No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete».

Bajo la influencia de la predicación del Maestro, Pedro, bueno y generoso como era, probablemente había pensado atenerse a esta nueva pauta haciendo algo excepcional: llegando a perdonar hasta siete veces. […]

Pero, al responder «hasta setenta veces siete», Jesús dice que para él el perdón tiene que ser ilimitado: es necesario perdonar siempre.

«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»

Esta Palabra nos recuerda el canto bíblico de Lámec, un descendiente de Adán: «Caín será vengado siete veces, Lámec setenta y siete»2. Es así como empieza a extenderse el odio en las relaciones entre los hombres del mundo: crece como un río desbordado.

A ese extenderse del mal, Jesús opone un perdón sin límites, incondicionado, capaz de romper la cadena de la violencia.

El perdón es la única solución para frenar el desorden y abrir a la humanidad un futuro que no sea la autodestrucción.

«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»

Perdonar. Perdonar siempre. El perdón no es olvido, que muchas veces significa no querer mirar la realidad de frente. El perdón no es debilidad, es decir, pasar por alto una ofensa por miedo al que la ha cometido si es más fuerte. El perdón no consiste en decir que no tiene importancia lo que es grave o que es bueno lo que es malo.

El perdón no es indiferencia. El perdón es un acto de voluntad y de lucidez, por lo tanto de libertad, que consiste en acoger a los hermanos como son no obstante el mal que nos han hecho, como Dios nos acoge a nosotros, pecadores, no obstante nuestros defectos. El perdón consiste en no responder a la ofensa con la ofensa, sino en hacer lo que dice S. Pablo: «No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien»3.

El perdón consiste en darle la oportunidad a quien te ha hecho un agravio de que pueda tener una relación nueva contigo; la oportunidad de que ambos podáis retomar la vida, tener un porvenir en el que el mal no tenga la última palabra.

«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»

Entonces, ¿cómo viviremos esta Palabra?

Pedro le había preguntado a Jesús: «¿Cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano?». Y al responder, Jesús se refería sobre todo a la relación entre cristianos, entre miembros de la misma comunidad.

Por eso, ante todo es necesario comportarse así con nuestros hermanos y hermanas en la fe: en la familia, en el trabajo, en clase o en la comunidad de la que formamos parte.

Sabemos lo frecuente que es querer responder a la ofensa sufrida con un acto o con una palabra equivalente.

Ya sabemos que, por disparidad de caracteres, por nerviosismo o por otros motivos, las faltas de amor son frecuentes entre personas que viven juntas. Pues bien, hay que recordar que sólo una actitud de perdón siempre renovada puede mantener la paz y la unidad entre hermanos.

Siempre seremos propensos a pensar en los defectos de nuestros hermanos y hermanas, a recordar su pasado, a querer que sean distintos de como son… Es preciso habituarse a mirarlos con ojos nuevos y verlos nuevos a ellos, aceptándolos siempre, enseguida y a fondo, aunque no se arrepientan.

Diréis: «Pero es difícil». Se comprende, pero eso es lo bonito del cristianismo. Por algo somos seguidores de Cristo, el cual le pidió al Padre en la cruz que perdonara a los que le estaban dando muerte, y resucitó.

Ánimo. Comencemos una vida así, que nos asegura una paz inusitada y una alegría desconocida.

Chiara Lubich

1) Palabra de vida, septiembre 1999; publicada en Ciudad Nueva, nº 357.
2) Gn 4, 24.
3) Rm 12, 21.