| Palabra de Vida | Abril 2011 |
Palabra de Vida - Abril 2011 «No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14, 36) 1.Jesús está en el huerto de los olivos, en un terreno llamado Getsemaní. La hora tan esperada ha llegado. Es el momento crucial de toda su existencia. Se postra por tierra y suplica a Dios, llamándolo «Padre» con una ternura llena de confianza, para que le evite «beber el cáliz»2, una expresión que se refiere a su pasión y muerte. Le pide que pase esa hora… Pero al final, Jesús se vuelve a rendir a su voluntad: «No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú». Jesús sabe que su pasión no es un acontecimiento fortuito ni una simple decisión de los hombres, sino un designio de Dios. Será procesado y rechazado por los hombres, pero el «cáliz» viene de las manos de Dios. Jesús nos enseña que el Padre tiene un designio de amor para cada uno de nosotros, nos ama con un amor personal y, si creemos en ese amor y correspondemos con el nuestro –ésa es la condición–, hace que todo coopere al bien. A Jesús nada le sucedió por casualidad, ni siquiera la pasión y la muerte. Y luego vino la Resurrección, cuya fiesta solemne celebramos este mes. El ejemplo de Jesús resucitado debe iluminar nuestra vida. Todo lo que se presenta, lo que sucede, lo que nos rodea y también todo lo que nos hace sufrir lo debemos saber leer como voluntad de Dios, que nos ama, o como una permisión suya, que de todos modos nos ama. Entonces, todo tendrá sentido en la vida, todo será extremadamente útil, incluso lo que de momento nos parece incomprensible y absurdo o lo que nos puede sumir en una angustia mortal, como a Jesús. Bastará con que, junto con Él, sepamos repetir con un acto de total confianza en el Padre: «No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú». Su voluntad es que vivamos, que le demos gracias con alegría por los dones de la vida, aunque, ciertamente, a veces no es como nos la imaginamos: un objetivo ante el que resignarse, especialmente cuando nos topamos con el dolor, ni una serie de actos monótonos diseminados por nuestra existencia. La voluntad de Dios es su voz, que continuamente nos habla y nos invita; es su modo de expresarnos su amor para darnos la plenitud de su Vida. Podríamos imaginárnosla como el sol, cuyos rayos representan la voluntad de Dios sobre cada uno de nosotros. Cada uno camina por un rayo, distinto del rayo de quien está al lado, pero en cualquier caso un rayo del sol, es decir, la voluntad de Dios. De modo que todos hacemos una sola voluntad, la de Dios, pero para cada uno es diferente. Cuanto más se acercan los rayos al sol, más se acercan entre sí. También nosotros, cuanto más nos acercamos a Dios –haciendo cada vez más perfectamente la divina voluntad–, más nos acercamos entre nosotros… hasta que todos seamos uno. Si vivimos así, todo puede cambiar en nuestra vida. Más que estar con quien nos gusta y amarlos sólo a ellos, podemos relacionarnos con todos los que la voluntad de Dios pone a nuestro lado. En vez de preferir lo que más nos gusta, podemos entregarnos a lo que la voluntad de Dios nos sugiere, y preferirlo. El estar completamente proyectados en la divina voluntad de ese momento («lo que quieres tú») nos llevará como consecuencia a desapegarnos de todas las cosas y de nuestro yo («no lo que yo quiero»), un desapego que no buscamos adrede, pues buscamos sólo a Dios, pero que de hecho encontramos. Entonces la alegría será plena. Basta con sumergirse en el momento que pasa y hacer en ese momento la voluntad de Dios, repitiendo: «No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú». El momento pasado ya no existe; el futuro todavía no está en nuestro poder. Es como un viajero que va en tren: para llegar a su destino no va arriba y abajo, sino que se queda sentado en su sitio. Así es como tenemos que estar: firmes en el presente. El tren del tiempo camina por sí solo. A Dios sólo lo podemos amar en el presente que se nos da pronunciando nuestro «sí» a su voluntad de un modo fuerte, radical, decidido y activo. Amemos, pues, ofreciendo una sonrisa, llevando a cabo un trabajo, conduciendo el coche, preparando la comida, organizando una actividad o amemos a la persona que sufre a nuestro lado. Y no deben atemorizarnos las pruebas ni el dolor si en ellos sabemos reconocer, como Jesús, la voluntad de Dios, es decir, su amor por cada uno de nosotros. Es más, podremos rezar diciendo: «Señor, haz que no tema nada, ¡porque todo lo que suceda no será más que tu voluntad! Señor, que no desee nada, pues no hay nada más deseable que tu voluntad. ¿Qué es lo que importa en la vida? Tu voluntad es lo que importa. Que no me desaliente por nada, porque en todo está tu voluntad. Que no me enardezca por nada, porque todo es voluntad tuya». Chiara Lubich 1) Palabra de vida, abril 2003, publicada en Ciudad Nueva, nº 397, pág. 24. 2) Cf. Mc 14, 36. | |
sábado, 16 de abril de 2011
viernes, 4 de febrero de 2011
| Palabra de Vida | Febrero 2011 |
Palabra de vida - Febrero 2011 «Los que se dejan conducir por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (Rm 8, 14) (1). Esta Palabra es el núcleo central del himno en que S. Pablo ensalza la belleza de la vida cristiana, su novedad y libertad, fruto del bautismo y de la fe en Jesús, que nos injertan plenamente en Él y, por medio de Él, en el dinamismo de la vida trinitaria. Al hacernos una sola persona con Cristo, compartimos su Espíritu y todos los frutos del Espíritu, en primer lugar el de la filiación divina. Aunque S. Pablo habla de «adopción»(2), lo hace sólo para distinguirla de la condición de hijo natural que sólo le corresponde al Hijo único de Dios. Nuestra relación con el Padre no es puramente jurídica, como si fuésemos hijos adoptivos, sino algo esencial, que cambia nuestra naturaleza como si se tratase de un nuevo nacimiento, porque toda nuestra vida está animada por un principio nuevo, por un espíritu nuevo que es el mismo Espíritu de Dios. Y como S. Pablo, no nos cansaríamos nunca de cantar el milagro de muerte y resurrección que la gracia del bautismo obra en nosotros. «Los que se dejan conducir por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios». Esta Palabra nos habla de algo que tiene que ver con nuestra vida de cristianos, a la que el Espíritu de Jesús imprime un dinamismo, una tensión que S. Pablo condensa en la contraposición entre carne y espíritu, entendiendo por carne al hombre entero (cuerpo y alma) con toda su fragilidad constitutiva y su egoísmo, en lucha continua con la ley del amor; es más, en lucha continua con el Amor mismo que ha sido derramado en nuestros corazones(3). En efecto, los que se dejan conducir por el Espíritu deben librar cada día el «buen combate de la fe» (4) para poder doblegar todas las inclinaciones al mal y vivir según la fe profesada en el bautismo. Pero ¿cómo? Sabemos que para que el Espíritu Santo actúe es necesario que nosotros correspondamos. Al escribir esta Palabra, S. Pablo pensaba sobre todo en ese deber de los seguidores de Cristo que consiste precisamente en negarse a uno mismo y luchar contra el egoísmo en sus formas más variadas. Pero este morir a nosotros mismos es lo que produce vida, de modo que cada corte, cada poda, cada no a nuestro yo egoísta es manantial de nueva luz, de paz, de alegría, de amor, de libertad interior; es una puerta abierta al Espíritu. Al dejar más libre al Espíritu Santo, que está en nuestros corazones, Él podrá prodigarnos sus dones con mayor abundancia y podrá guiarnos por el camino de la vida. «Los que se dejan conducir por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios». ¿Cómo vivir, pues, esta Palabra? Ante todo, debemos ser cada vez más conscientes de la presencia del Espíritu Santo en nosotros: llevamos en lo más hondo un tesoro inmenso, pero no nos damos cuenta suficientemente; poseemos una riqueza extraordinaria, pero en su mayor parte no la aprovechamos. Además, para oír y seguir su voz, tenemos que decir no a todo lo que vaya contra la voluntad de Dios y decir sí a lo que Él quiera: no a las tentaciones, cortando inmediatamente con sus instigaciones; sí a las tareas que Dios nos ha encomendado, sí al amor al prójimo, sí a las pruebas y dificultades con las que nos encontramos… Si actuamos así, el Espíritu Santo nos guiará y dará a nuestra vida cristiana ese sabor, ese vigor, esa garra, esa luminosidad que no puede dejar de tener si es auténtica. Y también quienes estén cerca de nosotros se darán cuenta de que no sólo somos hijos de nuestra familia humana, sino hijos de Dios. Chiara Lubich 1) Palabra de vida, junio 2000, publicada en Ciudad Nueva, nº 366, p. 24. 2) Cf. Rm 8, 15; Ga 4, 5. 3) Cf. Rm 5, 5. 4) 1 Tm 6, 12. | |
viernes, 7 de enero de 2011

jueves, 2 de diciembre de 2010

martes, 2 de noviembre de 2010

Ante todo, según Jesús, hay un método de purificación por excelencia: «Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado»3. No son los ejercicios rituales los que purifican el alma, sino su Palabra. La Palabra de Jesús no es como las palabras humanas. En ella está presente Cristo, como está presente de otro modo en la Eucaristía. Por ella Cristo entra en nosotros y, si la dejamos actuar, nos libera del pecado y, por consiguiente, nos hace puros de corazón.
Por tanto, la pureza es fruto de vivir la Palabra, de todas esas Palabras de Jesús que nos liberan de los llamados apegos en los que necesariamente caemos si no se tenemos el corazón en Dios y en sus enseñanzas. Éstos pueden referirse a las cosas, a las criaturas y a nosotros mismos, pero si nuestro corazón mira sólo a Dios, todo el resto cae por su propio peso.
Para tener éxito en esta empresa, puede ser útil repetirle durante el día a Jesús, a Dios, esa invocación del salmo que dice: «Eres tú, Señor, mi único bien»4. Procuremos repetirlo a menudo, y sobre todo cuando uno u otro apego quiera arrastrar a nuestro corazón hacia esas imágenes, sentimientos y pasiones que pueden ofuscar la visión del bien y quitarnos la libertad.
¿Nos sentimos impulsados a mirar determinados carteles publicitarios, a ver ciertos programas de televisión? No, digámosle: «Eres tú, Señor, mi único bien», y éste será el primer paso que nos lleve a salir de nosotros mismos y a volver a declararle nuestro amor a Dios. Así habremos ganado en pureza.
¿Notamos a veces que una persona o una actividad se interponen como un obstáculo entre Dios y nosotros y empañan nuestra relación con Él? Es el momento de repetirle: «Eres tú, Señor, mi único bien». Esto nos ayudará a purificar nuestras intenciones y a recobrar la libertad interior.
Vivir la Palabra nos hace libres y puros, porque es amor. El amor purifica con su fuego divino nuestras intenciones y todo nuestro interior, porque según la Biblia, el “corazón” es la sede más profunda de la inteligencia y de la voluntad.
Pero hay un tipo de amor que Jesús nos exige y que nos permite vivir esta bienaventuranza. Es el amor recíproco, el amor que tiene quien está dispuesto a dar la vida por los demás, a ejemplo de Jesús. Éste crea una corriente, un intercambio, un entorno cuya nota dominante es precisamente la transparencia, la pureza, gracias a la presencia de Dios, el único que puede crear en nosotros un corazón puro5. Viviendo el amor mutuo, la Palabra actúa y produce sus efectos de purificación y de santificación.
El individuo aislado es incapaz de resistir durante mucho tiempo las instigaciones del mundo, mientras que en el amor mutuo encuentra el ambiente sano capaz de proteger su pureza y toda su existencia cristiana auténtica.
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
Y ése es el fruto de la pureza, que hay que reconquistar siempre: se puede “ver” a Dios, es decir, comprender su acción en nuestra vida y en la historia, oír su voz en el corazón, captar su presencia allí donde está: en los pobres, en la Eucaristía, en su Palabra, en la comunión fraterna, en la Iglesia.
Es saborear por anticipado la presencia de Dios que empieza ya en esta vida «caminando en la fe y no en la visión»6 hasta que lo «veamos cara a cara»7 por toda la eternidad.
1) Palabra de vida, noviembre 1999; publicada en Ciudad Nueva, nº 359.
2) Cf. Sal 24, 4.
3) Jn 15, 3.
4) Cf. Sal16, 2.
5) Cf. Sal 50, 12.
6) 2 Cor 5, 7.
7) 1 Cor 13, 12.
martes, 5 de octubre de 2010
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 39)1.
Esta Palabra se encuentra ya en el Antiguo Testamento2.
Para responder a una pregunta, Jesús se incorpora a la gran tradición profética y rabínica que estaba buscando el principio unificador de la Torá, es decir, de la enseñanza de Dios contenida en la Biblia. El rabino Hillel, un contemporáneo suyo, había dicho: «No hagas a tu prójimo lo que a ti te es odioso; ésta es toda la ley. El resto es sólo explicación»3.
Para los maestros del judaísmo el amor al prójimo deriva del amor a Dios, que creó al hombre a su imagen y semejanza, por lo que no se puede amar a Dios sin amar a su criatura: éste es el verdadero motivo del amor al prójimo, y es «un gran principio general de la ley»4.
Jesús reafirma este principio y añade que el mandamiento de amar al prójimo es semejante al primer y principal mandamiento, es decir, el de amar a Dios con todo el corazón, la mente y el alma. Al afirmar que los dos mandamientos son semejantes, Jesús los une definitivamente, y así lo hará toda la tradición cristiana. Como dice lapidariamente el apóstol S. Juan: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve»5.
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Prójimo –lo dice claramente todo el Evangelio– es todo ser humano, hombre o mujer, amigo o enemigo, y se le debe respeto, consideración, estima. El amor al prójimo es universal y personal al mismo tiempo. Abarca a toda la humanidad y se concreta en el-que-está-a-tu-lado.
Pero ¿quién puede darnos un corazón tan grande? ¿Quién puede suscitar en nosotros una benevolencia capaz de hacer que sintamos cercanos –prójimos– incluso a los que nos son más ajenos, que nos haga superar el amor a nosotros mismos para vernos en los demás? Es un don de Dios; es más, es el mismo amor de Dios «derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado»6.
No es, pues, un amor común, no es simple amistad, no es sólo filantropía, sino el amor derramado en nuestros corazones desde el bautismo, ese amor que es la vida de Dios mismo, de la Santísima Trinidad, del cual podemos participar.
El amor, pues, lo es todo, pero para poderlo vivir bien hay que conocer sus cualidades, que se desprenden del Evangelio y de la Escritura en general y que nos parece poder resumir en varios aspectos fundamentales.
En primer lugar, Jesús, que murió por todos, amando a todos, nos enseña que el verdadero amor va dirigido a todos. No como el amor que muchas veces tenemos, simplemente humano, que tiene un radio limitado: la familia, los amigos, los vecinos… El amor verdadero, el que quiere Jesús, no admite discriminaciones: no hace distinciones entre simpáticos o antipáticos; para él no hay guapos y feos, mayores y pequeños; para este amor no hay compatriotas y extranjeros, miembros de la misma Iglesia o fieles de otra religión. Este amor ama a todos. Y eso debemos hacer nosotros: amar a todos.
Además, el amor verdadero es el primero en amar, no espera a ser amado, como suele pasar con el amor humano: amamos a quien nos ama. No, el amor verdadero toma la iniciativa, como hizo el Padre cuando siendo nosotros pecadores –luego indignos de ser amados–, mandó al Hijo para salvarnos.
Por lo tanto, amar a todos y ser los primeros en amar.
Y además, el amor verdadero ve a Jesús en cada prójimo: «A mí me lo hiciste»7, nos dirá Jesús en el juicio final. Y esto es válido tanto para el bien que hacemos como para el mal, desgraciadamente.
El amor verdadero ama al amigo y también al enemigo: le hace el bien, reza por él.
Jesús también quiere que el amor que Él trajo a la tierra se vuelva recíproco: que el uno ame al otro y viceversa, hasta llegar a la unidad.
Todas estas cualidades del amor nos hacen comprender y vivir mejor la Palabra de vida de este mes.
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Sí, el amor verdadero ama al otro como a sí mismo. Y esto hay que tomarlo al pie de la letra: es necesario ver de verdad en el otro a otro yo y hacerle al otro lo que nos haríamos a nosotros mismos. El amor verdadero es el que sabe sufrir con quien sufre, gozar con quien goza, llevar la carga de los demás, el que, como dice S. Pablo, sabe hacerse uno con aquel a quien amamos. Es un amor, pues, no sólo de sentimiento o de palabra, sino de hechos concretos.
El que tiene otras creencias religiosas también trata de actuar así guiado por la llamada «regla de oro», que encontramos en todas las religiones, la cual requiere que hagamos a los demás lo que quisiéramos que nos hicieran a nosotros. Gandhi la explicó de un modo muy sencillo y eficaz: «No puedo hacerte daño sin herirme a mí»8.
Así pues, este mes debe ser una ocasión para reavivar el amor al prójimo, que tiene muchas caras: un vecino, una compañera de clase, un amigo, alguien de tu familia… Pero también tiene los rostros de esa humanidad angustiada que la televisión trae a nuestras casas desde donde hay guerra y catástrofes naturales. Antes no sabíamos ni que existían; nos quedaban muy lejos. Ahora se han convertido también en nuestros prójimos.
El amor nos dirá qué hacer en cada caso y ensanchará poco a poco nuestro corazón a la medida del de Jesús.
1) Palabra de Vida, octubre 1999; publicada en Ciudad Nueva, nº 358.
2) Lv 19, 18.
3) Talmud de Babilonia, Shabat 31a.
4) Rabbi Akiba, cit. en Sifra, comentario rabínico a Lv 19, 18.
5) 1 Jn 4, 20.
6) Rm 5, 5.
7) Cf. Mt 25, 40.
8) Cf. WILHELM MUHS, Parole del cuore, Milán 1996, p. 82.
jueves, 2 de septiembre de 2010
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18, 22)1.
Jesús le responde a Pedro con estas palabras después de que éste, tras haber oído cosas maravillosas de la boca de Jesús, le preguntara: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano si peca contra mí? ¿Hasta siete veces?». Y Jesús: «No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete».
Bajo la influencia de la predicación del Maestro, Pedro, bueno y generoso como era, probablemente había pensado atenerse a esta nueva pauta haciendo algo excepcional: llegando a perdonar hasta siete veces. […]
Pero, al responder «hasta setenta veces siete», Jesús dice que para él el perdón tiene que ser ilimitado: es necesario perdonar siempre.
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»
Esta Palabra nos recuerda el canto bíblico de Lámec, un descendiente de Adán: «Caín será vengado siete veces, Lámec setenta y siete»2. Es así como empieza a extenderse el odio en las relaciones entre los hombres del mundo: crece como un río desbordado.
A ese extenderse del mal, Jesús opone un perdón sin límites, incondicionado, capaz de romper la cadena de la violencia.
El perdón es la única solución para frenar el desorden y abrir a la humanidad un futuro que no sea la autodestrucción.
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»
Perdonar. Perdonar siempre. El perdón no es olvido, que muchas veces significa no querer mirar la realidad de frente. El perdón no es debilidad, es decir, pasar por alto una ofensa por miedo al que la ha cometido si es más fuerte. El perdón no consiste en decir que no tiene importancia lo que es grave o que es bueno lo que es malo.
El perdón no es indiferencia. El perdón es un acto de voluntad y de lucidez, por lo tanto de libertad, que consiste en acoger a los hermanos como son no obstante el mal que nos han hecho, como Dios nos acoge a nosotros, pecadores, no obstante nuestros defectos. El perdón consiste en no responder a la ofensa con la ofensa, sino en hacer lo que dice S. Pablo: «No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien»3.
El perdón consiste en darle la oportunidad a quien te ha hecho un agravio de que pueda tener una relación nueva contigo; la oportunidad de que ambos podáis retomar la vida, tener un porvenir en el que el mal no tenga la última palabra.
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»
Entonces, ¿cómo viviremos esta Palabra?
Pedro le había preguntado a Jesús: «¿Cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano?». Y al responder, Jesús se refería sobre todo a la relación entre cristianos, entre miembros de la misma comunidad.
Por eso, ante todo es necesario comportarse así con nuestros hermanos y hermanas en la fe: en la familia, en el trabajo, en clase o en la comunidad de la que formamos parte.
Sabemos lo frecuente que es querer responder a la ofensa sufrida con un acto o con una palabra equivalente.
Ya sabemos que, por disparidad de caracteres, por nerviosismo o por otros motivos, las faltas de amor son frecuentes entre personas que viven juntas. Pues bien, hay que recordar que sólo una actitud de perdón siempre renovada puede mantener la paz y la unidad entre hermanos.
Siempre seremos propensos a pensar en los defectos de nuestros hermanos y hermanas, a recordar su pasado, a querer que sean distintos de como son… Es preciso habituarse a mirarlos con ojos nuevos y verlos nuevos a ellos, aceptándolos siempre, enseguida y a fondo, aunque no se arrepientan.
Diréis: «Pero es difícil». Se comprende, pero eso es lo bonito del cristianismo. Por algo somos seguidores de Cristo, el cual le pidió al Padre en la cruz que perdonara a los que le estaban dando muerte, y resucitó.
Ánimo. Comencemos una vida así, que nos asegura una paz inusitada y una alegría desconocida.
1) Palabra de vida, septiembre 1999; publicada en Ciudad Nueva, nº 357.
2) Gn 4, 24.
3) Rm 12, 21.
lunes, 16 de agosto de 2010
«Feliz la que ha creído que el Señor cumplirá las promesas que le ha hecho» (Lc 1, 45)1.
Esta Palabra forma parte de un acontecimiento sencillo y altísimo al mismo tiempo: es el encuentro entre dos gestantes, entre dos madres, cuya simbiosis espiritual y física con sus hijos es total. Ellas son sus bocas, sus sentimientos. Cuando habla María, el niño de Isabel da un salto de alegría en su vientre. Cuando habla Isabel, parece que las palabras se las pone en la boca el Precusor. Pero mientras que las primeras palabras de su himno de alabanza a María se las dirige personalmente a la madre del Señor, las últimas las dice en tercera persona: «Feliz la que ha creído».
Así su «afirmación adquiere carácter de verdad universal. La bienaventuranza es válida para todos los creyentes; concierne a los que acogen la Palabra de Dios y la ponen en práctica, que encuentran en María el modelo ideal»2.
«Feliz la que ha creído que el Señor cumplirá las promesas que le ha hecho»
Es la primera bienaventuranza del Evangelio que atañe a María, pero también a todos aquellos que la quieren seguir e imitar.
En María se da un estrecho vínculo entre fe y maternidad como consecuencia de escuchar la Palabra. Y aquí S. Lucas nos sugiere algo que nos concierne también a nosotros. Más adelante en su Evangelio Jesús dice: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen»3.
Movida por el Espíritu Santo, Isabel casi anticipa estas palabras y nos anuncia que todo discípulo puede ser «madre» del Señor. La condición es que crea en la Palabra de Dios y la viva.
«Feliz la que ha creído que el Señor cumplirá las promesas que le ha hecho»
Después de Jesús, María es la que mejor y más perfectamente ha sabido decir «sí» a Dios. Su santidad y su grandeza consiste sobre todo en esto. Y si Jesús es el Verbo, la Palabra encarnada, María, por su fe en la Palabra, es la Palabra vivida, pero es una criatura como nosotros, igual que nosotros.
La función de María como madre de Dios es excelsa y grandiosa. Pero Dios no llama sólo a la Virgen a engendrar a Cristo. Si bien de otro modo, todo cristiano tiene una misión similar: encarnar a Cristo hasta poder repetir como S. Pablo: «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí»4.
Pero ¿cómo llevar a cabo esto?
Teniendo la misma actitud que María con respecto a la Palabra de Dios, es decir, de disponibilidad total. O sea, creer como María que se realizarán todas las promesas contenidas en la Palabra de Jesús y, si es necesario, asumir como ella el que a veces parezca absurdo vivir su Palabra.
Al que cree en la Palabra le suceden cosas pequeñas y grandes, pero siempre maravillosas. Se podrían llenar libros con hechos que lo prueban.
¿Quién puede olvidar cuando, en plena guerra, creyendo en las Palabras de Jesús «pedid y se os dará»5, pedíamos todo lo que necesitaban tantos pobres de la ciudad y veíamos llegar sacos de harina, cajas de leche, de mermelada, leña, ropa?
Hoy también sucede lo mismo: «Dad y se os dará»6. Y aunque se vacían regularmente, los almacenes de la caridad están siempre llenos.
Pero lo que causa mayor impresión es comprobar que las palabras de Jesús son verdaderas siempre y en todas partes. Y la ayuda de Dios llega puntualmente incluso en circunstancias imposibles y en los puntos más aislados de la tierra, como le sucedió hace poco a una madre que vive en extrema pobreza. Un día se sintió impulsada a dar el poco dinero que le quedaba a una persona más pobre que ella. Creía en el «dad y se os dará» del Evangelio y sentía una gran paz en el alma. Poco después llegó su hija más pequeña y le enseñó un regalo que le acababa de dar un pariente anciano que había pasado por allí casualmente. En su manita llevaba el dinero multiplicado.
Una «pequeña» experiencia como ésta nos empuja a creer en el Evangelio, y todos podemos sentir la alegría, la bienaventuranza que se deriva del ver que las promesas de Jesús se cumplen.
Cuando, en la vida diaria, nos encontremos con la Palabra de Dios al leer las Sagradas Escrituras, abramos el corazón a la escucha, teniendo fe en que se realizará lo que Jesús nos pide y promete. Como María y como esa madre, no tardaremos en descubrir que Él mantiene sus promesas.
1) Palabra de vida, agosto 1999; publicada en Ciudad Nueva, nº 357.
2) G. Rossé, Il Vangelo di Luca, Roma 1992, p. 67.
3) Lc 8, 21.
4) Ga 2, 20.
5) Mt 7, 7.
6) Lc 6, 38.
viernes, 2 de julio de 2010
«También puede compararse el reino de los cielos a un comerciante que busca perlas finas. Cuando encuentra una de mucho valor, va a vender todo lo que tiene y la compra» (Mt 13, 45-46)1.
En esta brevísima parábola, Jesús impacta la imaginación de sus oyentes fuertemente. Todos conocían el valor de las perlas que, junto con el oro, eran lo más precioso que se conocía entonces.
Además, las Escrituras hablaban de la sabiduría, es decir, del conocimiento de Dios como de algo que no se puede comparar ni a la piedra más preciosa2.
Pero en la parábola se pone de relieve el acontecimiento excepcional, sorprendente e inesperado que representa para ese comerciante el haber visto, quizás en un bazar, una perla que sólo a sus ojos expertos tenía un valor enorme y de la cual podía sacar un gran beneficio. Por eso, después de hacer sus cálculos, decidió que valía la pena venderlo todo para comprar la perla. Y ¿quién no habría hecho lo mismo en su lugar?
Ése es, pues, el significado profundo de la parábola: encontrar a Jesús y, por consiguiente, el reino de Dios entre nosotros –¡ésa es la perla!–. Ésa es la ocasión única que hay que coger al vuelo, empleando hasta el fondo todas nuestras energías y lo que poseemos.
«También puede compararse el reino de los cielos a un comerciante que busca perlas finas. Cuando encuentra una de mucho valor, va a vender todo lo que tiene y la compra».
No es la primera vez que los discípulos se encuentran ante una exigencia radical, es decir, ante ese todo que hay que dejar para seguir a Jesús: los bienes más preciados como los afectos familiares, la seguridad económica, las garantías para el futuro.
Pero su petición no es absurda o sin motivo.
Por un todo que se pierde hay un todo que se encuentra, enormemente más valioso. Cada vez que Jesús pide algo, también promete dar mucho, mucho más, inconmensurablemente más.
Así con esta parábola nos asegura que tendremos entre las manos un tesoro que nos hará ricos para siempre.
Y si puede parecer un error dejar lo cierto por lo incierto, un bien seguro por un bien sólo prometido, pensemos en aquel mercader: él sabía que era una perla preciosa y esperaba con confianza lo que obtendría comerciando con ella.
Así el que quiere seguir a Jesús sabe, ve, con la mirada de la fe, qué inmensa ganancia será compartir con Él la herencia del reino por haberlo dejado todo, al menos espiritualmente.
A todos los hombres Dios les ofrece una ocasión parecida en su vida para que la sepan aprovechar.
«También puede compararse el reino de los cielos a un comerciante que busca perlas finas. Cuando encuentra una de mucho valor, va a vender todo lo que tiene y la compra».
Es una invitación concreta a dejar de lado todos esos ídolos que pueden ocupar el lugar de Dios en el corazón: carrera, matrimonio, estudios, una casa bonita, la profesión, el deporte, la diversión.
Es una invitación a poner a Dios en el primer lugar, en el vértice de cada pensamiento nuestro, de cada afecto, porque todo en la vida debe converger en Él y todo debe descender de Él.
Si lo hacemos, si buscamos el reino, el resto se nos dará por añadidura , como promete el Evangelio. Si lo arrinconamos todo por el reino de Dios, recibiremos el céntuplo en casas, hermanos y hermanas, padres y madres , porque el Evangelio tiene una clara dimensión humana: Jesús es hombre-Dios y además del alimento espiritual nos asegura el pan, la casa, la ropa, la familia.
Quizás deberíamos aprender de los pequeños a fiarnos más de la providencia del Padre, que no deja que le falte nada a quien da por amor todo lo poco que tiene.
En el Congo unos chicos fabricaban desde hacía algunos meses unas tarjetas artísticas con cáscara de plátano que luego se vendían en Alemania. En un primer momento se quedaban con todo lo que ganaban (algunos mantenían de este modo a toda su familia). Después decidieron poner el 50% en común y 35 jóvenes parados recibieron una ayuda.
Y Dios no se deja vencer en generosidad: dos de estos chicos dieron un testimonio tan grande en la tienda donde trabajaban que varios comerciantes que necesitaban personal fueron a esa tienda. De esta manera hasta once jóvenes encontraron trabajo fijo.
1) Palabra de vida, julio 1999; publicada en la revista Ciudad Nueva, julio 1999.
2) Sab 7, 9.
miércoles, 2 de junio de 2010
«El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que, por causa mía, la pierda, ése la salvará» (Junio 2010)
JUNIO2010
«El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que, por causa mía, la pierda, ése la salvará». (Mt 10, 39)
Chiara Lubich
Al leer esta Palabra de Jesús se ponen de relieve dos tipos de vida: la vida terrenal, que se forja en este mundo, y la vida sobrenatural, que Dios nos da por medio de Jesús, una vida que no acaba con la muerte y que nadie puede quitarnos.
Así pues, podemos tener dos actitudes ante la existencia: apegarnos a la vida terrenal y considerarla como el único bien (y esto nos llevará a pensar en nosotros mismos, en nuestras cosas, en las criaturas; nos encerraremos en nuestro caparazón, afirmaremos sólo nuestro yo y, al final, inevitablemente, nos encontraremos sólo con la muerte como conclusión). O bien, por el contrario, creyendo que hemos recibido de Dios una existencia mucho más profunda y auténtica, tendremos el valor de vivir de manera que merezcamos ese don, sabiendo incluso sacrificar nuestra vida terrenal por la otra.
«El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que, por causa mía, la pierda, ése la salvará»
Cuando Jesús dijo estas palabras, pensaba en el martirio. Nosotros, como todo cristiano, para seguir al Maestro y permanecer fieles al Evangelio tenemos que estar dispuestos a perder la vida e incluso a morir de muerte violenta si fuera necesario. Y, con la gracia de Dios, así se nos concederá la vida verdadera. Jesús fue el primero que «perdió su vida» y la recobró glorificada. Él nos advirtió que no temiéramos «a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma».
Hoy nos dice:
«El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que, por causa mía, la pierda, ése la salvará»
Si lees atentamente el Evangelio, verás que Jesús repite esta idea al menos seis veces, lo cual demuestra la importancia que tiene y lo mucho que la valora Jesús.
Pero, para Él, la exhortación a perder la vida no es sólo una invitación a sufrir incluso el martirio. Es una ley fundamental de la vida cristiana.
Tenemos que estar dispuestos a no hacer de nosotros mismos el ideal de nuestras vidas, a renunciar a nuestra independencia egoísta. Si queremos ser verdaderos cristianos, debemos hacer de Cristo el centro de nuestra existencia. Y ¿qué quiere Cristo de nosotros? Que amemos a los demás. Si hacemos nuestro este programa suyo, sin duda perderemos nuestro yo y encontraremos la vida.
El no vivir para uno mismo no es en absoluto una actitud de renuncia, pasiva, como algunos podrían pensar. El compromiso de los cristianos es muy grande siempre, y su sentido de responsabilidad es total.
«El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que, por causa mía, la pierda, ése la salvará»
Ya en esta tierra podemos experimentar que, si nos donamos, si amamos concretamente, crece en nosotros la vida. Cuando pasemos todo el día sirviendo a los demás, cuando sepamos trasformar el trabajo diario, aunque sea monótono y duro, en un gesto de amor, tendremos la alegría de sentirnos más realizados.
«El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que, por causa mía, la pierda, ése la salvará»
Si cumplimos los mandamientos de Jesús, que están todos basados en el amor, después de esta breve existencia alcanzaremos la vida eterna.
Recordemos cuál será el juicio de Jesús el último día. A los que están a su derecha les dirá: «Venid, benditos,… porque tuve hambre y me disteis de comer...; era forastero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis...».
Para hacernos partícipes de la existencia que no acaba, mirará únicamente si hemos amado al prójimo y considerará que le hemos hecho a Él lo que le hayamos hecho al prójimo.
Entonces, ¿cómo viviremos esta Palabra? ¿Cómo perderemos desde hoy nuestra vida para encontrarla?
Preparándonos para el gran examen decisivo para el que hemos nacido.
Miremos alrededor y llenemos el día de actos de amor. Cristo se nos presenta en nuestros hijos, en nuestra mujer, en nuestro marido, en los compañeros de trabajo, de partido, de diversión, etc. Hagamos el bien a todos. Y no nos olvidemos de los que conocemos cada día por los periódicos, a través de amigos o por la televisión…
Hagamos algo por todos, según nuestras posibilidades. Y cuando nos parezca que se han agotado, aún podremos rezar por ellos. Es amor que vale.